Sociedad

Por Ricardo Fuentes *

Primaria: el viaje de egresados.

Un tema no tan placentero como parece

Hace algunos años las empresas de turismo han logrado imponer una moda en las escuelas primarias: la “necesidad” de que los alumnos de 7º grado tengan un viaje de egresados.

Tal vez esté bien que los chicos corolen su esfuerzo con una travesía compartida entre quienes transitaron las aulas durante siete años, del mismo modo que cuando concluyen el secundario, lo celebran con una semana en Bariloche, por citar al destino más popular entre quienes pueden costearse el viaje. La última construcción verbal del párrafo anterior no fue redactada casualmente. Allí reside parte del problema que se abordará a continuación.

Primero la aclaración de que el análisis del tema se hará sobre el escenario de una escuela pública de la Ciudad de Buenos Aires. En términos generales, el modus operandi de las agencias de turismo joven no difieren del que utilizan con los alumnos secundarios: Envían promotores a la salida de clase, para que repartan folletos y tomen los teléfonos particulares de los chicos. Luego se dedican a llamar sistemática y reiteradamente a las casas, hasta que uno o dos padres se hacen eco de la “necesidad” de organizar el viaje de egresados.

A partir de allí un puñado de mamás y papás empiezan a hablar del tema, realizan las primeras reuniones, donde si bien no se toman decisiones, queda claro su voluntad de que sus hijos tengan un viaje de egresados, hasta ese momento más ansiado por los adultos –que tal vez proyecten sus ganas en los chicos- que por los propios chicos. Pero enseguida éstos harán propio el entusiasmo, y de allí en adelante no pararán.

El problema radica en cómo se toma la decisión de a dónde viajar. Otra cuestión estriba en los riesgos de que chicos de doce años emprendan ese viaje, a la luz de tragedias y accidentes ruteros, pero dicha problemática excede el marco de esta nota.

Es muy común que un núcleo de padres plantee realizar un viaje de un costo determinado que muchas familias no están en condiciones económicas de afrontar, ni siquiera organizando rifas, festivales y eventos para recaudar fondos. De hecho, es lo que muchas veces ocurre: el viaje de egresados termina convirtiéndose en un viaje de la “elite“ socioeconómica de la escuela, donde arrastran a algunas familias que, en base a mucho esfuerzo y sacrificio, pueden costear el valor del destino impuesto por unos pocos.

En el camino quedan los que no están en condiciones de pagarlo. Y eso es lo que está mal Que se discrimine a los chicos por razones económicas. Hasta es frecuente escuchar a padres exigir que los pasajes liberados (las empresas de turismo entregan plazas gratis cada cierta cantidad de viajantes) sean prorrateados entre todos, disminuyendo en unos pesos el costo del viaje, en lugar de repartirlo entre las familias de bajos recursos.

Les recuerdo: estamos hablando de cosas que ocurren en la escuela pública, que es heterogénea, con una amplia diversidad de estratos sociales. Estoy hablando de cosas que ocurren con una población de padres, donde casi ninguno paga totalmente el servicio de comedor de sus hijos, por ejemplo. Porque a la hora de completar la solicitud de beca correspondiente, todos son pobres de solemnidad, pero cuando se trata de decidir sobre el viaje de sus hijos, muchos pretenden darles “lo mejor”. El encomillado está porque generalmente nadie se pone a reflexionar sobre cuál es el mejor viaje para los chicos, si el más exótico, el más lejano, el de más días de duración, o aquel al que todos puedan acceder.

Y aquí va la segunda problemática: ¿qué ejemplo le estamos dando a nuestros hijos sobre el compañerismo?, ¿qué valores les estamos transmitiendo?, ¿cuál es el grado de contradicción entre lo que los chicos aprenden en la escuela y el mensaje que se les da en el hogar? El resultado está a la vista: en el aula se traza una línea divisoria entre quienes pueden viajar y entre quienes están imposibilitados de hacerlo, con el grado de frustración que esos niños vivencian Por suerte, a esa edad, las cosas se olvidan y esas heridas cicatrizan rápidamente; pero la enseñanza queda, el “yo puedo y no me importan los demás” es un mensaje subliminal que pulula en el aire.

Cuando nos quejamos del deterioro de la educación, olvidamos que el proceso educativo comienza en la escuela, pero debe seguir en el hogar. El problema es que muchos alumnos tienen padres que seguramente olvidaron los valores aprendidos cuando ellos concurrieron a la escuela, época en la que el viaje de egresados –si había- era pasar el día todos juntos en el Tigre, época donde la solidaridad no era una extrañeza, donde el compañerismo primaba, época que muchos parecen haber olvidado… ¿Será la edad? ¿O la sociedad?

* Pte Cooperadora Escuela. Dr. Guillermo RawsonHumberto Primo 343.(San Telmo)

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